Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

jueves, 9 de febrero de 2017

Anécdota sobre la doble moral

Hoy me he cruzado con alguien a quien conozco desde el primer día que llegué a Ceuta. Y, tras los saludos de rigor, decidió invitarme a una bebida de vaso largo. Concretamente, un ron cola. Y, dado que hacía un mundo que yo no alternaba con cubalibre, éste me afectó hasta el punto de que en cuanto sacó a colación lo de la doble moral, inmediatamente aproveché la ocasión para redoblar el tambor con la siguiente historia. Aunque debo decir, en su honor, que aguantó pacientemente el relato que sigue.

Una noche, cuando los años setenta estaban dando las boqueadas, tuve la suerte de cenar en La Costilla, restaurante roteño, con Beni de Cádiz, su hermano Amor y Pepe Jiménez El Bigote. Hablo de suerte, porque jamás he vuelto a reírme de la manera que lo hice entonces. Pues hubo momentos en los cuales pedí tiempo muerto, como si fuera entrenador de baloncesto, para recuperarme del esfuerzo a que me estaba sometiendo aquel trío de humoristas indecibles.

Fue una cena inolvidable, en noche veraniega, la vivida con tres personajes cuyas experiencias adquiridas en los duros años de posguerra, llevaban el sello de la mejor picaresca española. La gracia de El Beni, la teatralidad festiva de Amor y los desplantes de ira falsa, en las batallas contadas por El Bigote, suponían el mejor antidoto contra la tristeza y contra cualquier atisbo de depresión.

Casi al final de la velada, y cuando parecía que nada me quedaba ya por oír, uno de ellos habló de la doble moral. Y contó la historia de unos amigos sevillanos, conocidos por el trío, y de la que  yo no sabía nada. Se trataba de la amistad entre un director de banco y un tallista. Un artista hacedor de imágenes y muy popular en la capital hispalense.

El director de banco, recién elegido Hermano Mayor de una Cofradía, se dedicó a pedirle a su amigo, machaconamente, que le tallara una virgen para lucirla en Semana Santa. El artista contestó que estaba saturado de trabajo y que, por lo tanto, le era imposible aceptar su encargo. La insistencia y la amistad obraron el milagro y la imagen cobró vida.

Al cabo de dos años, más o menos, el imaginero presentó la factura. Y viendo que pasaba el tiempo y que su amigo, el director de banco, se hacía el lipendi, le preguntó por la causa del impago. La respuesta no se hizo esperar:

-Como director de banco, jamás incumpliré yo ningún compromiso adquirido. Pues mi honradez en el empleo es harta conocida. Pero como Hermano Mayor de la Cofradía de...,  te digo que me niego a pagarte porque no tenemos dinero en la Hermandad y nadie se quiere hacer cargo de la deuda contraida por mí.

El imaginero, hombre corpulento y sensible, le midió las costillas al amigo y director de banco. De lo sucedido se enteró toda Sevilla.  Y, al parecer, el bancario fue trasladado, por impopular, a otra ciudad. He aquí la forma de actuar que tienen muchas personas, acomodadando sus decisiones al cargo que ostentan y nunca al deber moral.

En el caso que hemos relatado, claro es que el director de banco era una persona capaz de engañar al lucero del alba. Un sujeto de poco fiar, oculto tras el cargo que desempeñaba. Una posición que infundía confianza suficiente para atrapar incautos y, luego, hacerles la trastada.

Lo de la doble moral es algo que nunca pasa de moda. Lo mismo que el andar por la vida valíendose de las actitudes imprecisas o vagas. Lo que conocemos por medias tintas. Una forma de ser que ni siquiera está bien vista en ese saco roto de la política donde dicen que caben todas las malas acciones.




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