Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Historia de un viaje

Cumplía yo el servicio militar en el cuartel de Infantería de Marina, situado en la calle de Arturo Soria (Madrid), convencido de que sería destinado a El Ferrol -porque Galarraga, entrenador del equipo de fútbol ferrolano, me había dicho que los directivos estaban dando los pasos precisos para que se produjera ese hecho-, cuando se me ordenó que preparase el petate porque mi destino iba a ser el Ministerio de Marina. La noticia me causó desazón. Puesto que una vez allí todo me hacía pensar que me sería imposible jugar al fútbol durante los dos años de milicia.

Dos horas más tarde, ya estaba yo ante el brigada Allegue pasando revista y dispuesto para ser presentado a los jefes de la planta ministerial: Federico Galvache (capitán de navío), Ollero (teniente coronel), Carlos Alvear (teniente de navío) y Conejero (teniente de navío y experto en meteorología). Cumplido el trámite entró en acción un ujier, a quien todos llamaban por el sobrenombre de El Pipo y del cual se decía que era capaz de trasegar una botella de vino manchego que vendían en una taberna cercana al frontón de Vista Alegre.

Tres días tardó Allegue en comunicarme que me tocaba mi primera guardia en la puerta de la residencia del ministro y, posteriormente, ante la entrada de su despacho. El Pipo me puso al tanto de las horas de trabajo que tenía el almirante y me hizo saber que la puerta de sus habitaciones distaban veinte pasos mal contados de su despacho. Por lo que el infante de su escolta, que estuviera de guardia, tenia que permanecer atento a fin de saludarlo y cumplir con el resto de la ceremonia.

Lejos estaba yo de sospechar que iba a comenzar mi cometido no solo con los nervios típicos del debutante sino con un descuido que pudo costarme caro. Ocurrió que yo era un desaliñado vistiendo el uniforme y no me percaté de que la chaqueta estaba descosida por la axila derecha. Así, cuando apareció el ministro en escena, nueve de la mañana, de un día lluvioso de otoño, elevé el brazo derecho a la gorra de plato a la par que daba un sonoro taconazo y exclamaba: "¡ A la orden de vuecencia mi almirante, sin novedad!".

Y el almirante, don Felipe Abarzuza y Oliva -alto, fornido y con cara de haber pasado una noche toledana-, me miró fijamente y se dirigió a mí con voz de mando: "A ver si otro día no te presentas con la sobaquera rota...".  Y siguió andando mientras yo lo adelantaba para abrirle la puerta de su despacho. El brigada Allegue se quedó petrificado. Puesto que a él le correspondía pasar revista al personal. Cuando yo me esperaba lo peor, se acercó a mí Federico Galvache, cuya fama de ogro era harta conocida en el ministerio, para tranquilizarme.

A partir de ese momento, mi vida en el ministerio, dentro de lo que ello significaba, fue de menos a más y terminé haciéndome con las riendas de un servicio que me permitía incluso jugar al fútbol como profesional. Actividad prohibida. Y, mucho menos, estando a las órdenes del ministro en la planta noble del edificio. En abril de 1962, ya había acompañado yo varias veces a don Felipe y a la mujer, una señora inglesa, de trato exquisito y educación inmejorable, al parque de El Retiro. Salíamos por la puerta del ministerio que daba al Paseo del Prado, yo iba equipado con una pistola cargada con balas de fogueo y los tres nos poníamos a echarles altramuces a los patos del estanque.

En abril de ese año, el teniente coronel Ollero me llamó a su despacho para notificarme algo que él pensaba iba a colmarme de alegría: "Manolo, el almirante ha decidido premiarte con el viaje a Grecia que ha de hacer como ministro de Marina representante del Estado español en la boda de Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, que se celebrará en Atenas el 14 de mayo próximo. La travesía se hará en El Canarias".

-Mi teniente coronel, si yo embarco en El Canarias, entre la ida y la vuelta se habrá terminado la Liga en la que juego, y el Carabanchel no me pagará los sueldos correspondientes a tales fechas.

Desde que Ollero me puso al tanto del viaje a Grecia, yo apenas pegaba ojo por las noches, pensando en cómo solucionar el problema. Una tarde, que me tocaba guardia, salió el ministro de su casa hacia el despacho, y mientras lo acompañaba, me ordenó que entrara con él. y Tardo nada y menos en dirigirse a mí: "Me han contado que no quieres ir a Grecia. ¿Sabes tú la de infantes que darían lo que no tienen por hacer esa travesía?".

-Sí, mi almirante. Pero es que yo necesito los dineros que me paga el Carabanchel y, por tanto, debo seguir jugando para que se me contrate la próxima temporada.

El almirante me miró con aquella mirada de hielo que era capaz de descomponer a sus ayudantes y, tras una pausa calculada, que a mí me pareció eterna, volvió a la carga.

-¿Quién te ha dado a ti permiso para jugar al fútbol? ¿Quién ha sido la persona que se ha atrevido?...

Respiré hondamente. Pero el corazón andaba tan desbocado que me impedía tener el sosiego justo para responder. Al fin, logré sobreponerme.

-Nadie, mi almirante. Si estoy jugando es porque cumplo con mis obligaciones y además porque sé cómo funcionan las cosas en este ministerio.

El ministro me ordenó que volviera a ponerme en condición de firme. Dio un respingo en su asiento y hasta me pareció que estuvo tentado de levantarse y sacarme del despacho en volandas. Pero se limitó a clavar sus ojos velados en mí y a carraspear, insistentemente, antes de volver a dirigirme la palabra.

-¿Sabes que hoy se cumplen cinco meses de la muerte de mi hermano Fernando?

Claro que sí, mi almirante. Faltaría más.

-¿De qué hablabais cuando tú ibas a visitarlo al hospital de Los Molinos?

-De fútbol, mi almirante, de las monjas y de usted.

-¿De mí...?

-Sí, mi almirante.

Al ministro de Marina se le humedecieron los ojos y, tras contener la cara en un puchero, sacó un pañuelo y compuso su figura. A continuación se expresó así: "Vuelve a tus obligaciones  como escolta y procura no lesionarte jugando al fútbol; porque si ello sucede, a ver cómo  te las arreglarías para cumplir con tu cometido en el ministerio".

Don Felipe Abarzuza viajo a Grecia y regresó convencido de que tras ser el representante del Estado español en la boda de Juan Carlos de Borbón y la princesa Sofía, sus días como ministro estaban contados. A partir de entonces, solo le cupo esperar la llegada del motorista de El Pardo con la destitución. Aunque ya se sabía que el sustituto sería Nieto Antúnez.




 

martes, 4 de agosto de 2020

Central zurdo

El 16 de julio se proclamó el Madrid campeón de la Liga Santander. Tras ganar los diez encuentros disputados desde que se reanudó una competición suspendida por el coronavirus. Logro importante y sobre todo generador de ese extraordinario estado anímico que necesitan sus jugadores para eliminar al Manchester City el próximo viernes. Aunque desde entonces se ha venido lamentando que Sergio Ramos -sancionado- no pueda jugar en el Etihad. Y llevan razón quienes dudan de que la defensa merengue pueda afrontar con garantías un partido tan complicado con la baja del camero.

De Sergio Ramos he dicho hasta la saciedad que jugar como central por la izquierda le ha perjudicado muchísimo. Dado que en bastantes ocasiones le ha sido imposible encubrir sus defectos como defensa que juega a pierna cambiada. Sobre todo cuando se ha visto precisado a enmendar descuidos de un Marcelo que ataca por sistema y regresa andando al sitio de partida. Los fallos del 'Gran Capitán del Madrid' fueron tan clamorosos como bien contrarrestados por sus goles en momentos decisivos y que le sirvieron para que los aficionados le perdonaran sus meteduras de pata como zaguero siniestro. 

El Real Madrid lleva ya mucho tiempo necesitado de contar con los servicios de un central zurdo. Un futbolista capacitado para sustituir a Ramos cuando éste no pueda actuar o bien cuando falte Varane y SR ocupe el lado diestro. Pero los técnicos de la 'Casa Blanca' siguen empecinados en fichar a centrales diestros. El último ha sido Milîtao. El cual ha costado, según dicen, la friolera de cincuenta millones de euros.

Milîtao será posiblemente quien juegue como central zurdo, siendo derecho, frente al Manchester City. Y a mí, la verdad sea dicha, me ofrece pocas garantías en esa demarcación. Tampoco cabría el recurso de colocarlo en su sitio natural, con Varane a su izquierda. Porque sería peor el remedio que la enfermedad. De ahí que Guardiola debe estar frotándose las manos. Si acaso el entrenador catalán no supiera aprovecharse de esa debilidad defensiva del rival, podría decirse a boca llena que su fama como técnico es una filfa.



 

lunes, 3 de agosto de 2020

El torero

Hubo una época en la cual yo me relacionaba con toreros y apreciaba la singularidad que les proporcionaba el jugarse la vida en cada actuación. Antonio Gala acierta cuando opina que el torero no puede ser igual que un sastre, que un zapatero, que un oficinista, a horas fijas delante de su banco o de su mesa. El torero tiene que estar entusiasmado para entusiasmar. No puede permitirse el lujo de desfallecer ni siquiera cuando pasa por momentos delicados.

Se torea para conquistar al público, me decía cada dos por tres Dámaso Gómez mientras hacíamos carrera continua en el campo de fútbol del Moscardó, en la barriada de Usera -años sesenta-, cuando los empresarios apenas contaban con el diestro madrileño. El cual nunca perdía ni la calma ni la sonrisa y deleitaba cuando abría la boca para contar vivencias y modos de afrontar la vida.

También tuve como vecino a Luis Segura. Pues ambos vivíamos en el número 94 del Paseo de las Delicias. El maestro Se lamentaba, en ocasiones, de lo mal que lo trataba Livinio Stuick: Gerente de la Plaza de Toros de Las Ventas. Fuera del ruedo era un conquistador nato. Un tipo que despertaba un interés inusitado entre las mujeres. Andaba mejor que Robert Michum.

José María Manzanares -padre- (con quien compartí varias noches de farra y risa, gracias a la amistad que le unía con mi siempre recordado José Cañas "Cañitas", torero que no fue ni bien llevado ni aconsejado) disfrutaba de lo lindo cuando se hacía de noche. Era un consumado noctívago. A quien le gustaba el cachondeo y sobre todo el sentirse taladrado por ojos de hembras que le aguantaban la mirada. Convencido de que en cualquier momento podría salir triunfante del envite.

El entusiasmo de los toreros ha de prevalecer siempre para desengañar al toro y llevarlo toreado. Es una conquista en la que, sin duda, se juegan la vida. Los toreros asumen el riesgo. Cuando un torero pierde la pasión por el toro, por una actividad, o por una mujer, echa de menos ese chute de adrenalina al que está habituado. Y toma la decisión que tomó don Quijote en su momento: vivir otra vida. Es lo que ha hecho, creo yo, el maestro Enrique Ponce.

domingo, 2 de agosto de 2020

Mal olor


Cuando yo estudiaba bachillerato en colegio de pago y había que asistir a las clases tan escamondado como presentable, recuerdo que un día de una primavera calurosa, el profesor de matemáticas le dijo a un estudiante de sexto que se daba un aire a Luis XIV de Francia. Y nadie comprendió que lo estaba acusando de oler mal. Muy mal. Hasta que supimos que el citado Rey sólo se cambió de camiseta dos veces en toda su vida, amén de llevar un martillito para matar los piojos y mantener a los cortesanos a distancia para que no fueran ellos quienes irrepestuosamente se alejaran a causa del mal olor que despedía.

Mantener la higiene durante la posguerra era una tarea tan necesaria como difícil. Pero es bien cierto que había gente espesa porque le daba pereza lavarse y no por falta de medios. Ganar fama de ser limpio o limpia como los chorros del oro era como estar en posesión de un certificado de buena conducta. Los españoles fuimos poco a poco mejorando. Pero no fue hasta los años ochenta cuando la imagen llegó a formar parte del tinglado general y desvirtuarla equivalía a la ruina.

Aun así, mentiría si no dijera que en España ver en el Congreso de los Diputados a sus señorías meterse el dedo en la nariz, chuparse el dedo o rascarse donde les picara, resultaba gracioso para una gran mayoría. Ser adultero o malversador de fondos despertaba la envidia de algunos; la tradición picaresca recomendaba más aprovecharse y ser un vivo; lo contrario era no ser honrado, sino tonto, a juicio de muchos. Tanto tienes, tanto vales... Lema que se puso de moda.

Comenzó a reinar un pragmatismo a la americana. De modo que quien carecía de vil metal no era más que un triste soñador de utopías irrealizables. Los había que trataban de combatir ese modo de vida alegando que los ricos también lloraban, pero la respuesta les llegaba con celeridad: "Se llora mejor siendo Mario Conde o Silvio Berlusconi, que siendo un idealista, es decir, ser un muerto de hambre.  

A remolque de estos mitos nació una capa social de profesionales y técnicos del mundo empresarial y financiero, además de funcionarios bien situados en sus respectivas administraciones, que hicieron su agosto en esa época. La honradez, que sigue siendo para mí algo que anida de cintura para arriba, se vulneraba a cada paso. Y, claro, los corruptos comenzaron a proclamarse honestos. Que tiene su morada de cintura para abajo. Muchos de ellos no fueron nunca ni honrados ni honestos. Incluso los hay que siguen activos.