Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

lunes, 9 de febrero de 2015

Mentir con veracidad

Los políticos, durante las campañas electorales, prometen, prometen y no dejan de prometer... Y lo hacen a sabiendas de que mienten. Buscando, además, mentir con veracidad. Lo cual no deja de ser el mayor éxito de quienes lo consigan. Así que hacer de la trola un arte ha sido siempre la la máxima aspiración de todos ellos. Y cuanto más se especialicen en esa tarea más reconocidos serán y más pronto pasarán a formar parte de la camarilla de los selectos dentro de su partido. Encontrar a un político sincero es harto complicado, por no decir casi imposible. Los políticos, en general, están convencidos de que la sinceridad en pocas cantidades es peligrosa, y en grandes cantidades se vuelve fatídica.

El Partido Popular, hace tres años, ganó las elecciones generales por mayoría absoluta, y lo hizo enviando a sus mejores heraldos de la mentira a embaucar a los votantes. Y a fe que lo hicieron de maravilla. Pues los resultados evidenciaron plenamente la calidad de sus mitineros. Cumplieron tan bien su cometido, consistente en despertar ilusiones falsas, que hasta quienes hemos adoptado la máxima de don Enrique Tierno Galván, llegamos a dudar de ella, durante cierto tiempo. Decía don Enrique, por si alguien aún no lo sabe, que "Las promesas electorales están para no cumplirlas". Y se quedaba tan pancho. No me extraña que Raúl del Pozo lo catalogara de víbora con cataratas.

Por comportarse de semejante manera, y por estar muchos de ellos implicados en casos de corrupción y, naturalmente, por otras fechorías cometidas, Julio Caro Baroja, que era profesor e intelectual muy lúcido y lucido en sus criticas, no exentas de dureza, largó así de los políticos, en su día: "Si hoy existiera la pena de la hoguera, los políticos serían los más sujetos a ella". Como pueden ver don Julio no se cortaba lo más mínimo allá en los principios de los ochenta. No quiero hacerme a la idea de lo que hubiera dicho, de estar vivo, en estos momentos.

Tal vez don Julio Caro Baroja habría estado de acuerdo conmigo en lo que voy a decir con el fin de no llamarle directamente caraduras a los políticos. Para ser político profesional lo primero que ha de procurarse, según le leí a alguien cuyo nombre no recuerdo, son máscaras suficientes para poder salir a la palestra siempre en consonancia con los acontecimientos que le toque airear. Eso sí, el precio que debe pagar es que ni siquiera amortajado podrá lucir su propia cara. Lo que no deja de ser, no sé si ustedes opinarán lo mismo, una auténtica desgracia. En fin, los políticos  también podrán alegar que tampoco es cosa detestable vivir siempre su particular carnaval.

De todas formas, vengo observando que los partidos ya están en precampaña electoral, por no decir en campaña, y que los mitineros populares no hacen sino hablar de la recuperación económica en sus discursos, confiados en seducir a la gente otra vez. Y cantidad de gente dice que nones. Que en esta ocasión no están dispuestas a  dar por válidas promesas que llevan el sello inconfundible del alcalde madrileño que propició la llamada "movida". Incluso a mucha gente, yo formo parte de ella, le chirría la muletilla, convertida en frase hecha, que trata de sostener el discurso de la recuperación: "Sabemos que aún queda mucho mucho por hacer".  Y tanto que queda... Pero no dicen que nunca más encontrarán trabajo las personas que lo han perdido a esa edad comprendida entre cuarenta y cincuenta años.

De cualquier manera, los dirigentes populares deberían percatarse, por más que estén convencidos de que mienten con sumo éxito, de que la situación reinante no seguirá eternamente. Y que si no proceden a trabajar duramente para que en España la clase media vuelva a reverdecer laureles, se hará presente una revolución. Y tampoco deben olvidar, pues los hechos son tozudos, que los jóvenes, cuando miran a su alrededor y ven los problemas laborales y el futuro que les espera, o se lían la manta a la cabeza y abandonan España, o deciden votar a Podemos. Que es el mal menor. Lo digo por lo de la revolución.