Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

lunes, 12 de marzo de 2018

Una historia de machismo

Al paso que vamos tardará nada y menos en que todos los hombres -de cualquier raza, edad y condición- deberán asumir bajo juramento que son unos machistas empedernidos. Unos prepotentes respecto a la mujer en la vida social y familiar. Unos abusadores de su poder y además presumidores de imponerlo a rajatabla. Ya que vuelve a flotar en el ambiente la idea de que el hombre como tal es necesariamente más feliz y lleva una existencia más de color de rosa que la de la mujer. 

Porque, al fin y a la postre, ya sabemos que en esta vida suelen pagar justos por pecadores. Y, si bien hay muchos de los últimos -y algunos que hasta matan-, tampoco es menos cierto que hay muchos más que no son tan felices como se pretende. Algo que nos recordó en su momento Marguerite Yourcenar, de la Academia Francesa.

En relación a las mujeres, a las que adoro, debo recordar que no hay peor machismo que darle la razón a una mujer cuando no la lleva. O beneficiarla a costa de perjudicar a un varón. De cualquier manera, yo nunca he dejado de admirar la voluntad y el valor de ellas y, cómo no, la resistencia física. ¿Quién se acuerda ya del viejo mito de la Dama de las Camelias? 

Pues bien, me van a permitir que les cuente una anécdota para demostrarles lo que es capaz de hacer un hombre por ayudar a una mujer de las calificadas como fastidiadoras -por Paul Válery, tenido por escritor misógino-, es decir, que vuelven a los hombres locos... de amor cuando se cruzan en su camino. El lance ocurrió en Méjico: país considerado la cuna del machismo.

Cuentan que el ganadero mejicano Julián Llaguno era un férreo protector de una legendaria torera. Hasta el punto de que, perfecto conocedor de su ganadería, durante los tentaderos, nada más verlas salir de chiqueros, solía elegir las vacas que toreaba la fémina. Evidentemente, siempre las mejores. Así estaba sucediendo durante un largo tiempo de tienta, a la que también asistían varias figuras del toreo mejicano de los cuarenta. 

"Señores, esta vaca para la torera", se oía decir en el palco cada vez que salía una becerra prometedora hasta que, harto de la situación, El Soldado, matador de toros, se bajó la calzona hasta los tobillos dentro de un burladero, se fue hasta los medios tapado con un capote y, dejándolo caer, dejó al descubierto sus "intimidades" al grito de "¡Don Julián, esta también para la torera!".





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