Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.
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lunes, 2 de marzo de 2015

Adiós a Pedro Gordillo

Me fue presentado Pedro Gordillo en julio de 1982. Lo hizo Guillermo Cherino. Quien, además de futbolista profesional, estudiaba magisterio en la Escuela Normal, situada en El Morro. Poco tiempo después, durante las fiestas agosteñas, Guillermo Valero, paisano mío y vendedor del "Fino Maruja", logró que yo compartiera un rato de charla con PG, en "Las Cañas": caseta de feria en la que corría el vino y la alegría. Con el fin de obtener recursos económicos para que muchos jóvenes tuvieran estudios universitarios. Grande y celebrada obra, ideada por un cura. Que es lo que era Gordillo entonces.

A partir de esa noche de feria, yo volví a cambiar impresiones con PG, una vez que éste había dejado los hábitos por ser incapaz de soportar la castidad. Tarea dura y creo que innecesaria. Pero doctores tiene la Iglesia como para emitir yo algún parecer al respecto. Lo cierto es que nos veíamos de higos a brevas y nos limitábamos a decirnos hola y qué tal... y poco más. Así que un día me enteré de que era militante del Partido Popular y, a renglón seguido, supe que su poder en el partido parecía ya un hecho incuestionable. Vamos, que mandaba tela marinera.

También fui testigo de cómo cada mañana se le llamaba a Pedro Gordillo desde la redacción de "El Faro" a su casa, antes de que se incorporara a su despacho del edificio municipal, para que informara al escribidor de turno de cuanto él creyera conveniente destacar acerca de la labor del gobierno local. Y comprobé de qué manera lo adulaban todos los componentes del medio, del primero al último. Y en especial un redactor que, tras pasar luego por "El Pueblo de Ceuta", está cobijado actualmente en un periódico digital.

En cierta ocasión, discutí yo con Gordillo ante la presencia de algunos destacados cargos del Partido Popular, cuando se hallaban sentados a una mesa en una terraza del Paseo Alcalde Sánchez-Prados. Y lo hice para defender el honor de un empresario para el cual yo trabajaba en aquel tiempo. El abogado de Gordillo, mi estimado Pablo González, y yo, acompañado de un letrado, tuvimos que vernos en un acto de conciliación, por denuncia del político popular, pero la sangre no llegó al río.

Desde aquel incidente, ni que decir tiene que Pedro y yo mantuvimos las distancias. Y un buen día a mí me dio por cambiar de periódico,  y en éste me pidieron que hiciera todo lo posible por entrevistar al vicepresidente del Gobierno y presidente del PP de Ceuta: Pedro Gordillo. Ello sucedió en los albores del 2009. Recién dado de alta Gordillo por una flebitis que lo había mantenido un tiempo alejado de su despacho. Y que fue el principio de una serie de desgracias que acabaron con el político y pusieron a la persona y a su familia al borde del disparadero. Y es que ese 2009 resultó ser un año nefasto para él y, naturalmente, también para los suyos.

El 2009 venía a por Pedro Gordillo con "Las del Beri". Como ese toro que humilla hasta las zapatillas para echarse al torero a los lomos. Un día, ante la visita del presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, lo calificaron de maletero. Luego, casi seguidamente. llegaría la grabación de un vídeo sexual que sigue siendo una deshonra para quienes lo fraguaron todo. Y a mí, en aquellos días de persecución e inquina contra Pedro Gordillo, me tocó decir que se imponía la piedad. Y todos los airados se volvieron contra mí. Hoy, cuando aún está Pedro de cuerpo presente, he llorado por él. A pesar de que nunca presumimos de ser amigos. No hacía falta serlo. Y es que la traición casi siempre parte del bando de la amistad.

lunes, 16 de febrero de 2015

Eduardo Gallardo Ramírez

Mis relaciones con Eduardo Gallardo Salguero fueron cortas pero suficientes para conocer a un hombre muy educado, buen conversador, moderado en su decir, y sobre todo amigo de sus amigos. Aún recuerdo el día que llamó mi atención cuando nos cruzamos por la calle para decirme que era lector de cuanto yo escribía. Y, además. me invitó a pasar a su despacho para enseñarme la cantidad de artículos míos que tenía encarpetados.
A partir de ese momento, don Eduardo no dudó nunca, con su acostumbrada delicadeza, en pronunciarse acerca de mis columnas. Y yo aceptaba sus sugerencias con muy buen  talante. Como no podía ser de otra manera. Y así transcurrieron nuestras magníficas relaciones hasta que un mal día el Alzheimer se hizo presente en su vida y nunca más disfruté de unos intercambios de impresiones con una persona a quien estimaba muchísimo.
Pero fue entonces, debido a esa circunstancia desafortunada, cuando traté con más asiduidad a uno de sus hijos: Alberto Gallardo Ramírez. Con quien pronto hice migas y raro era el día en el cual no se nos presentara la oportunidad de pegar la hebra en lo tocante a cuestiones de la ciudad. Y debo decir que, enseguida, me percaté de que el hijo de ami amigo despreciaba a los aduladores más que Felipe II, que ya es decir. Y a mí me cayó bien.
Alberto Gallardo Ramírez pasó por un mal trance, que le tuvo sumido en un proceso de curación que duró muchísimo para sus amigos y todo un mundo para él. Eso sí, le echó los bemoles suficientes para salir de tamaña emboscada. No se amilanó nunca y ahora, tras la amarga experiencia vivida, Alberto ama la vida tanto como capaz es de ponerle los puntos sobre las íes al más pintado. No es fácil, pues, darle coba a alguien que sigue vendiendo muy caro los halagos.
Presidente fundador de la Fundación Alberto Gallardo Salguero, dedicada a los enfermos de Alzheimer, Alberto ha recuperado su entusiasmo y vuelve a ser ese tipo decidido con quien hay que tener mucho cuidado en no pasarse de la raya con tonterías de tres al cuarto. El sábado pasado, cuando la tarde estaba a punto de hacerse noche, me llamó por teléfono para decirme que quería acceder a este blog y que no lo lograba. Y al fin, tras algunos intentos fallidos, consiguió adentrarse en él.
Hoy, lunes, que es cuando escribo, he hallado a AG en la calle. Y lo primero que ha hecho es hablarme de los artículos que le han gustado más. Y no se ha parado en barras en cuanto a discrepar conmigo de otras opiniones. Todo ello, ante la presencia de un amigo en común. Y a mí, aunque no se lo he dicho, lo que más me ha ilusionado es ver cómo Alberto ha vuelto a recuperar plenamente la costumbre de vivir.  Y he salido del envite enormemente satisfecho.