Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.
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miércoles, 22 de junio de 2016

Fructuoso Miaja: No quiero hablar de logros

A medida que Fructuoso Miaja me iba contando pasajes de su vida, yo me percataba, cada vez más, de que enfrente tenía un personaje que sólo estaba dispuesto a referirme lo que él consideraba sucintamente necesario. Y, a pesar de mi insistencia, más dueño de sus silencios se mostraba y hasta más pudoroso que cuando lo conocí. Me consta que se dejó en el tintero muchas cosas que a mí me habría gustado sobremanera conocer.

Hecha la siguiente aclaración, para quienes puedan creer, y no sin razón, que debí ahondar más en la existencia de un  perdedor de una guerra cruenta y de una posguerra tan gris como terrible, vivida gran parte de ella en prisiones tenebrosas y en las que sobrevivir era lo primordial, debo decir que Fructuoso Miaja, cuando se acercaba el final de su relato, estaba muy interesado en hablar de su tarea como alcalde. Pero yo no creí oportuno, vaya usted a saber por qué, prestarle oído. Así que me limité, simple y llanamente, a cerrar esta especie de opúsculo con estas declaraciones suyas.

Dice Fructuoso Miaja: En los diez años que llevo metido en política democrática, quién me lo iba a decir, he sido concejal, senador, y ahora me veo sentado en el sillón de la alcaldía. Dije, cuando tomé posesión del cargo, que quería ser un alcalde con conocimiento de la calle. Y, claro está, no he dudado en seguir paseándola diariamente. Hablé con los funcionarios, en su día, y les comuniqué que siempre trataría de ser dialogante con ellos. Y lo estoy cumpliendo.

He delegado muchas funciones en los concejales, aunque suelen rendirme cuentas. Confié ciegamente en los partidos con los que pactamos. Pues con ellos, o sea, con Ceuta Unida y el CDS, estaba asegurada la gobernabilidad. Desde el primer día mantuve contactos cordiales con las instituciones. Mis relaciones con la comandancia general son estupendas. Precedidas por un enorme respeto.

Hasta ahora he tenido, seguramente, la oportunidad de equivocarme mucho y acertar lo justo. Pero nadie podrá negarme que sigo poniendo todo mi empeño en regir los destinos de esta tierra con el amor que siento por ella. De los logros, en forma de proyectos y consecuciones, me disgusta hablar. Para qué... Que sean otros, cuando toque, si acaso sienten interés por este tiempo de nuesta historia, los que analicen lo que hicimos bien y, por supuesto, que aireen nuestros errores.

Ahora bien, lo que me cabe destacar, pues lo creo de justicia, es que gracias al comportamiento de los concejales participante en tareas de gobierno, hemos conseguido que cesaran los tumultos en los plenos y que reinara el sosiego en la calle.


sábado, 4 de junio de 2016

F. Miaja: El día clave

El 28 de octubre de 1982, a las nueve de la noche, los socialistas -dice Fructuoso Miaja- celebrábamos ya el haber ganado las elecciones en Ceuta. Triunfo de mucho valor por haber sido obtenido en un feudo de la derecha. Pero aún nos quedaba recibir una alegría mayor: conocer que el Partido Socialista Obrero Español había ganado las elecciones generales por mayoría abrumadora y podría gobernar sin trabas. Era la primera vez, gracias  a los 202 diputados, que un partido de izquierda iba a gobernar en España sin alianzas.

En medio de la alegría, yo me acordaba de las palabras pronunciadas, días antes, por el director general de la Guardia Civil, el general Aramburu Topete: "Espero que los socialistas sean sensatos, si se hacen cargo del Gobierno". Pues tenía la sensación de que nuestra democracia seguía estando vigilada. Lo cual, debido a mi edad y a lo mucho que había vivido, me hacía recomendarles a los más jóvenes que no sacaran pecho y que procurasen hablar siempre de concordia, justicia y respeto.

Nuestro triunfo comenzó con la descomposición de la UCD. Aunque la clave estuvo en la figura de Felipe González: un gobernante que en nada se parecía a los que España había tenido hasta entonces. El encanto del sevillano se hizo notar desde que apareció en la escena política española. Ni hablaba como sus antecesores, ni se las daba de intelectual, ni había en él posturas comparables con ningún otro. Cautivó a la gente y el socialismo emprendió el camino victorioso. Eso sí, yo insistía, una y otra vez, en la sede de Daoíz, que había que manejar la alegría con tino. Y razones había para ello.

La campaña se había desarrollado entre bombas terroristas, el ruido de sables, la pretendida intentona golpista que estaba preparada para el 27 de octubre -jornada de reflexión- y la aparición de Tejero en las listas electorales del partido Solidaridad Española. Todo ello, además, unido a una realidad: pocos apostaban por el cambio en España. Ya que tanto conservadores como comunistas lo consideraban demasiado prematuro para nuestro país.

De ahí que no me causaran extrañeza las palabras de Alfonso Guerra, anunciando la victoria desde el Hotel Palace de Madrid, convertido durante todo el día en el cuartel general de los socialistas. Unas palabras impregnadas de alegría, pero con suficiente serenidad para evitar provocaciones inútiles.

De aquella noche mágica para nosotros recuerdo la imagen de Felipe González dirigiéndose a los españoles para hablarles de progreso, moderación y solidaridad. Aunque no menos emocionantes resultaban aquellas otras imágenes en las que, mientras hacia su discurso el secretario general de los socialistas, cientos de personas recorrían las calles madrileñas, celebrando la victoria. En esos momentos, de tan indecible alegría,  me acordé de aquel otro día, 14 de abril de 1931, cuando la II República fue también festejada

viernes, 6 de mayo de 2016

F. MIaja: Traslado al penal de El Puerto de Santa María

El viaje -dice Fructuoso Miaja- empezó con suerte. Porque de suerte podía considerarse el que me conociera muy bien la pareja de la Guardia Civil encargada de custodiarme. El cabo era muy amigo de mi familia y se mostró en todo momento dispuesto a evitarme cualquier trato que pudiera causarme sufrimiento en público. Lo que no podía impedir es que la gente me mirara como si fuera un bicho raro. Yo no acertaba a distinguir entre miradas de compasión e inquina. El tren carreta era todo un espectáculo. En las estaciones acudían los vendedores de peines, carteras, estampitas... Se rifaban alimentos y los estraperlistas salían despavoridos con sus fardos nada más ver a la pareja de guardias civiles en el vagón.

Llegado al penal y cumplimentados los trámites de la entrega, me tuvieron 21 días de observación en el espacio destinado a ello. Después me pasaron a lo que se conocía por el penal viejo. Que era una parte de la prisión pegada a la iglesia. Allí me encontré con muchos presos políticos del país vasco. Tampoco faltaban los presos comunes y los encerrados por delitos de sangre. Bien pronto aprendí la ley de la prisión y empecé a ganarme la amistad de cuantos componían aquella ciudad en la que me había hecho a la idea de vivir muchos años.

Lo que no pude acostumbrarme es a vivir nuevamente el drama de las ejecuciones. Porque otra vez se daban las mismas circunstancias trágicas que en el Hacho. Unos, cuando llegaba el terrible momento, enmudecían; creyendo que así salvarían la vida. Otros, hechos a la idea de que les había llegado su hora, daban un paso al frente y gritaban sus ideas con verdadera pasión. Los demás presos quedábamos impresionados durante una temporada.

Los primeros días fueron muy difíciles. Recuerdo lo mucho que me costaba conciliar el sueño. Sobre todo porque la vigilancia exterior pertenecía a los soldados de reemplazo y en el silencio de la noche se oían sus gritos como lamentos que iban de garita en garita y que me ponían un nudo en la garganta. Eran unas voces jóvenes que pasaban sus alertas impregnadas de miedo y que a mí me desvelaban. Hasta que conseguí acostumbrarme. Un día nos dimos cuenta de que se había producido el cambio de los soldados por guardias civiles.

Así que se corrió la noticia de que ese cambio se había efectuado porque Franco, quien se alojaba en la casa de los Terry cuando decidía cazar en El Pedroso, también se desveló una noche con los gritos y quiso saber quienes eran los encargados de la vigilancia en el penal. Enterado de que eran los soldados de reemplazo puso el grito en el cielo e, inmediatamente, se hizo cargo la Guardia Civil. Debo aclarar que la casa de los dueños de las Bodegas Terry, donde se alojaba Franco, estaba a trescientos metros de la prisión.

Alojado en el grupo mixto, en la celda número 8, comencé a trabajar en los talleres y aprovechaba cualquier oportunidad para jugar al fútbol en el patio. Pasado el tiempo, y debido a mi buen comportamiento, surgió la oportunidad de que me pusieran al frente del economato; destino que me reportaba el beneficio de que todos los presos quisieran lograr mi amistad. En un penal, dado que nada es homogéneo, uno debe andarse con mucho cuidado. Y el penal de El Puerto, además, era uno de los penales más complicados. En él había hombres curtidos en delitos de sangre y que estaban dispuestos a seguir matando.

Convenía, por tanto, evitar a todo trance herirlos en su amor propio. En cambio, solían ser muy solidarios si se les trataba con respeto. No faltaban tampoco los ladronzuelos de poca monta, capaces de hacer de la picaresca la mejor forma de vida.  Y los hombres recios  y preparados para morir por sus causas y por sus hermosos ideales. En fin, de todo había en aquel sitio donde llegamos a ser más de cuatro mil reclusos.


jueves, 21 de abril de 2016

Fructuoso Miaja: la estancia en Tánger

Lo primero que hicimos -dice Fructuoso Miaja- es alojarnos en el Hotel Comercio. Allí estaban algunos cenetistas y republicanos fugados de Ceuta. Éstos  pasaban los días en el Café Morronco, regentado por un dirigente de la CNT en la Línea de la Concepción. Después de pagarle al patrón las siete mil pesetas convenidas, fui al consulado para arreglar algunos detalles. Llamarse Miaja servía para que se me mirara con buenos ojos en ciertos sitios y se me persiguiera con saña en otros. En el consulado me atendió un tal Paniagua. Y propuso que los compañeros podrían exiliarse a Casablanca. Lo que aceptaron todos de muy buen grado.

Yo me había hecho la idea de irme al frente a luchar junto al general  Miaja. Y decidí esperar el momento en que me fuera posible hacer la travesía hasta Grecia y poder regresar a España, por Barcelona, para cumplir con mi objetivo: incorporarme a la zona republicana  Un mes más tarde se me presentó la oportunidad de embarcarme en  el buque correo que hacía la línea Tánger-Marsella.

Era Marsella una ciudad cosmopolita y tenía un puerto frecuentado por barcos que transportaban carbón. Descubrí una Marsella ruidosa y vi más palomas juntas que nunca he vuelto a ver en ningún otro lugar. Mi desorientación era evidente, pero tuve la suerte de encontrarme con un exiliado que me sirvió de mucha ayuda en los días que estuve en Francia.

Estoy hablando de una persona culta, enterada de la situación y con la que pude charlar mucho sobre la tragedia de España. "Desengáñese Fructuoso, me decía, la guerra se podía haber evitado en los primeros días, pero no fue posible porque Mola estaba empeñado en sembrar el terror y creía que el otro bando carecía de respuesta. Y se equivocó de pe a pa. Por elllo, cuando Martínez Barrios le tendió la mano ni Mola ni Largo Caballero aceptaron reconducir la situación".

Aquel español, cuya ayuda me fue decisiva en momentos tan difíciles, sentía ya la nostalgia de su tierra andaluza. Y le pesaba demasiado pronto su convencimiento de que los sublevados acabarían ganando la guerra. Yo me resistía a creerlo, aunque sus palabras me hacían meditar acerca de un asunto que fue tomando cuerpo estando yo en el frente de la Cuesta de la Reina. En este frente, recordaba a veces de qué manera llegó a definirme mi amigo la tragedia de la Segunda República.

Amigo Fructuoso, la Segunda República nació generando ilusiones desmedidas y han tenido con ella muy poca paciencia. Creo que nuestra España no estaba preparada para un cambio tan radical como el que la República preconizaba. Se la han comido, sin duda, las prisas de los suyos y las fuerzas reaccionarias. Salí de Marsella en cuanto pude. Y llegué a una Barcelona que vivía en permanente agitación. Todo era diferente en la capital de Cataluña. En ella uno tenía la impresión de que se había producido una revolución proletaria. Sus habitantes se llamaban compañeros y el vestir había cambiado. Nadie se atrevía a ponerse un sombrero o hablarle de usted a nadie.

Pronto me puse en contacto con las juventudes libertarias, dispuesto a presentarme ante Severino Campo, secretario general de ellas. Éste, nada más recibirme, se interesó sumamente por conocer cuanto había acontecido el 18 de Julio en Ceuta. De manera que me tuvo todo el tiempo haciéndome preguntas al respecto. Su semblante cambiaba a medida que le iba contando la enorme represión que los militares habían implantado en la ciudad. Y no daba crédito a lo que yo le estaba diciendo. En realidad, la gente desconoce aún, en toda su amplitud, la cantidad de apresamientos que se hicieron y las muertes de civiles y militares habidas en Ceuta

En Barcelona se veía claramente de qué manera había fracasado la rebelión. Y, según pude comprobar, había hombres sin recursos para someter a los adversarios en otras partes. De ahí que salieran columnas de anarquistas hacia el frente de Aragón. Marchaban los camiones cargados de milicianos, donde no faltaban ni las mujeres. Un buen día me vi subido en uno de esos camiones, presto para ayudar en un sitio conocido por santa Guetaria; al parecer se trataba de un lugar donde había una ermita que respondía a ese nombre.

A punto de ponerse en marcha el convoy se me acercaron unos paisanos a saludarme. Pertenecían al partido comunista, y yo les había ayudado a salir de Ceuta. Me dijeron que en el partido les habían dicho que evitaran viajar a santa Guetaria. Nada más oírlos, me eché abajo del camión y me presenté nuevamente ante Severino Campo. Quien me preguntó acerca de mis intenciones. Le hice saber que deseaba incorporarme al grupo que estaba peleando en El Torcal, por encima de Antequera. En vista de que aún  no se sabía a ciencia cierta la caída de Málaga.

A las doce días de estar en Barcelolna, viajé en camión hacia Málaga, pero nos detuvimos en Almería, debido a las malas noticias que llegaban de tierras malagueñas. En Almería estaba atracado el Montero: barco que hacía la travesía de Ceuta-Melilla. Y me llevé una gran alegría al encontrarme con marineros
ceutíes. Ante la imposibilidad de unirme a las tropas que luchaban en el Torcal me uní a un grupo que partió de Almería hacia Águila. La marcha fue a campo traviesa. Sin perder de vista la costa. Una verdadera odisea que que nos llevó a Cartagena. Allí lo pasamos muy mal, puesto que estuvimos varios días a pan y queso y padecimos, además, del mal de Moctezuma. Después de estar un mes en tierras cartageneras, me trasladé a Madrid para incorporarme a la Séptima Brigada Mixta, compuesta por andaluces y extremeños.


viernes, 1 de abril de 2016

F. Miaja: La CNT y el Ateneo

 Mi paso por el Banco Popular fue efímero -dice Fructuoso Miaja-. El director no vio con buenos ojos que los empleados secundáramos una huelga y el trato que me dispensó a mí, por dicha causa, no fue del gusto de mi madre. Ella decidió que no volviera más a la entidad bancaria. Pero había que trabajar;  pues en nuestra casa vivíamos con estrecheces y pronto me coloqué en el muelle. Acababa de cumplir 16 años y ya pertenecía al sindicato y a las juventudes libertarias.

A pesar de mi juventud, los mayores me estimaban y confiaban ciegamente en mis posibilidades. Por lo que no dudaron en hacerme tesorero del Ateneo; el cual estaba situado en el barrio de Hadú. A mis compañeros, según solían decir, les agradaba mi seriedad y la manera de entregarme a la causa. Y yo les correspondía cumpliendo diariamente con las obligaciones que se me habían encomendado.

Mi vida se reducía a ir del trabajo al Ateneo y de éste a las oficinas del sindicato. Participaba en cuantas reuniones se mantenían y jamás ponía pega alguna por más que hubiera deseado disfrutar de cualquier acontecimiento coincidente con mis deberes de anarcosindicalista. Mi madre, entretanto, seguía con suma atención mi línea de conducta, confiada en la formalidad que yo le venía mostrando a la hora de tomar decisiones. Todas ellas muy vinculadas, en efecto, a cuanto estuviera relacionada con la lucha a favor de mis ideas como hombre de izquierda y, sobre todo, de convicciones anarquistas.

En aquel tiempo, y en vista de los deseos de aprender que había, mis lecturas en el Ateneo me habían ilustrado acerca de las vicisitudes por las cuales había ido pasando el sindicato. De ahí que estuviera informado de cómo, durante la Dictadura de Primo de Rivera, la UGT lograba superarnos en número de afiliados. Aunque nosotros contábamos todavía con casi 500.000. Cierto es que no todos los afiliados pagaban, porque el paro era entonces un azote entre la clase trabajadora. No obstante, las instituciones republicanas andaban lampando porque nos integráramos en su seno.

En nuestro sindicato todo era motivo de discusión. Y los debates se sucedían durante horas. Se armaban unos barullos sensacionales. Pero la gente podía decir lo que le viniera en ganas. Todas las ideas tenían cabida y se estudiaban las propuestas. Sabíamos que Pestaña, de tendencia moderada, quería colaborar con los republicanos y de qué modo se oponía a ello la sección perteneciente a la Federación Sindicalista Libertaria. Ni siquiera los treintistas, moderados dispuestos a detener las acciones directas, consiguieron sus propósitos.

Como consecuencia de tales discrepancias, y con el fin de demostrarles tanto a Peña como a Peiró el desacuerdo existente con sus planteamientos, surgieron las huelgas de Telefónica; la de Sevilla y la del puerto de Barcelona. Huelgas prolongadas. Y la Federación Anarquista Internacional, que contaba con la ayuda de los obreros más castigados, se mostró partidaria de mantenerlas contra la fuerza opresora de los patronos. Y, aunque mi forma de ser ha tendido siempre hacia la moderación, confieso que en esta ocasión me atraía mucho más la fuerza de los jóvenes libertarios.

En medio de aquel ambiente enrarecido, debo decir que me sentía como uno más de ellos, pues estaba convencido de que nuestras ideas, tan puras como utópicas, bien merecían la lucha para convertirlas en realidades. Todavía hoy, transcurrido tanto años, sigo reconociéndoles a los anarcosindicalistas la tenacidad admirable con la que se emplearon en momentos tan complicados. Empeño en el cual se perdieron muchas vidas. Ejemplos sangrientos los tuvimos en Casas Viejas: pueblo de la serranía gaditana, donde la brutalidad de un  oficial causó la muerte de más de una veintena de inocentes y de tres guardias. Acto salvaje, que le hizo mucho daño a la República.

Nota: este escrito puede verse en Blog de Manolo de la Torre y en Aires de Ceuta