Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

viernes, 6 de mayo de 2016

F. MIaja: Traslado al penal de El Puerto de Santa María

El viaje -dice Fructuoso Miaja- empezó con suerte. Porque de suerte podía considerarse el que me conociera muy bien la pareja de la Guardia Civil encargada de custodiarme. El cabo era muy amigo de mi familia y se mostró en todo momento dispuesto a evitarme cualquier trato que pudiera causarme sufrimiento en público. Lo que no podía impedir es que la gente me mirara como si fuera un bicho raro. Yo no acertaba a distinguir entre miradas de compasión e inquina. El tren carreta era todo un espectáculo. En las estaciones acudían los vendedores de peines, carteras, estampitas... Se rifaban alimentos y los estraperlistas salían despavoridos con sus fardos nada más ver a la pareja de guardias civiles en el vagón.

Llegado al penal y cumplimentados los trámites de la entrega, me tuvieron 21 días de observación en el espacio destinado a ello. Después me pasaron a lo que se conocía por el penal viejo. Que era una parte de la prisión pegada a la iglesia. Allí me encontré con muchos presos políticos del país vasco. Tampoco faltaban los presos comunes y los encerrados por delitos de sangre. Bien pronto aprendí la ley de la prisión y empecé a ganarme la amistad de cuantos componían aquella ciudad en la que me había hecho a la idea de vivir muchos años.

Lo que no pude acostumbrarme es a vivir nuevamente el drama de las ejecuciones. Porque otra vez se daban las mismas circunstancias trágicas que en el Hacho. Unos, cuando llegaba el terrible momento, enmudecían; creyendo que así salvarían la vida. Otros, hechos a la idea de que les había llegado su hora, daban un paso al frente y gritaban sus ideas con verdadera pasión. Los demás presos quedábamos impresionados durante una temporada.

Los primeros días fueron muy difíciles. Recuerdo lo mucho que me costaba conciliar el sueño. Sobre todo porque la vigilancia exterior pertenecía a los soldados de reemplazo y en el silencio de la noche se oían sus gritos como lamentos que iban de garita en garita y que me ponían un nudo en la garganta. Eran unas voces jóvenes que pasaban sus alertas impregnadas de miedo y que a mí me desvelaban. Hasta que conseguí acostumbrarme. Un día nos dimos cuenta de que se había producido el cambio de los soldados por guardias civiles.

Así que se corrió la noticia de que ese cambio se había efectuado porque Franco, quien se alojaba en la casa de los Terry cuando decidía cazar en El Pedroso, también se desveló una noche con los gritos y quiso saber quienes eran los encargados de la vigilancia en el penal. Enterado de que eran los soldados de reemplazo puso el grito en el cielo e, inmediatamente, se hizo cargo la Guardia Civil. Debo aclarar que la casa de los dueños de las Bodegas Terry, donde se alojaba Franco, estaba a trescientos metros de la prisión.

Alojado en el grupo mixto, en la celda número 8, comencé a trabajar en los talleres y aprovechaba cualquier oportunidad para jugar al fútbol en el patio. Pasado el tiempo, y debido a mi buen comportamiento, surgió la oportunidad de que me pusieran al frente del economato; destino que me reportaba el beneficio de que todos los presos quisieran lograr mi amistad. En un penal, dado que nada es homogéneo, uno debe andarse con mucho cuidado. Y el penal de El Puerto, además, era uno de los penales más complicados. En él había hombres curtidos en delitos de sangre y que estaban dispuestos a seguir matando.

Convenía, por tanto, evitar a todo trance herirlos en su amor propio. En cambio, solían ser muy solidarios si se les trataba con respeto. No faltaban tampoco los ladronzuelos de poca monta, capaces de hacer de la picaresca la mejor forma de vida.  Y los hombres recios  y preparados para morir por sus causas y por sus hermosos ideales. En fin, de todo había en aquel sitio donde llegamos a ser más de cuatro mil reclusos.


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