Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

jueves, 26 de febrero de 2015

El miedo está en las calles

Hace cinco años, cuando febrero también estaba dando las boqueadas, se me ocurrió escribir que Ceuta estaba tan bonita que no se podía aguantar. Y lo hice sin atender a quienes decían que todo era fachada. Y alertaban de cómo pasear por el centro de la ciudad se había convertido en un suplicio. En ejercicio de alto riesgo.  Riesgo al que yo, ingenuamente, creía que sólo estábamos expuestos los vecinos de las barriadas.

  En la mía, por ejemplo,  Avenida del Ejército Español, yo ya había visto en varias ocasiones perder el equilibrio a personas que se deslizaban a pie desnudo y se pegaban la costalada por culpa de un pavimento que tiene todas las trazas de ser una pista de hielo permanente. Fui testigo, desde mi terraza, de cómo personas mayores eran víctimas de un empedrado resbaladizo y se fracturaban la cadera en un amén. Drama.

La tragedia de esos momentos fue tan cruda como difícil de relatar y, desde luego, de olvidar. Ver a alguien tratando de asirse al aire y yéndose contra el suelo es tan desagradable como darse cuenta de que estamos a merced de un imprevisto capaz de hacernos perder la vida. O dejarnos cautivos de un vivir al que renunciamos. La última vez que me tocó ver a un hombre deslizándose sobre la acera, la tengo grabada en la memoria: pues ese hombre falleció al mes. Por causa, posiblemente, del tremendo choque de su cabeza contra un poyete de mampostería.

A partir de ese momento, y teniendo datos acerca de que Ceuta era, y sigue siéndolo, la ciudad donde más viandantes se caen por sus calles y más fracturas se producen por mor de unas losetas que parecen destinadas a causar miedo cerval entre los transeúntes, el canguelo se apoderó de mí y traté de combatirlo caminando por sus calles con aires de geisha. Ante el asombro de los paseantes que se cruzaban conmigo. Pero a mí me importaba un pito lo que pensaran al respecto. Ya que primaba mi integridad física por encima de cualquier prejuicio. Pues bien, ni siquiera mis andares tan afeminados como asiáticos me salvaron del jardazo que pocos días después me pegué.

Fue un resbalón espectacular. Tremendo. De los que los espectadores se echan las manos a la cabeza. Y, naturalmente, de los que salir ileso obligan a creer en Dios para siempre. Ahí estuvo mi camino de Damasco. El hecho sucedió a la altura del conocido edificio de Trujillo. Cierto es que supe caer y levantarme como hacen los toreros valientes cuando son volteados por el morlaco de turno: sin mirarme la taleguilla. Lo cual no fue obstáculo para que me acordara, y no para nada bueno, de los que tenía que acordarme. Lo peor del asunto es que ni caminando como una geisha,  ni como el mejor Robert Mitchum, pude evitar tres nuevas caídas. Las que me produjeron deterioros en ambas rodillas.

Ahora, cuando escribo, un miembro de mi familia está ingresado en el hospital por fractura de rótula. Y, según me consta, la Diosa Fortuna ha estado de su parte. Porque el costalazo era de los que llevan la Parca metida entre ceja y ceja. En fin, a partir de ahora, cuando me llamen desde la Península para preguntarme por los problemas fronterizos y otros conocidos de peor índole, les diré que aquí no existe más jindama que la que producen sus calles. Y que hay que tenerlos como el Caballo del Espartero para caminar por ellas. El accidente no es razón que autorice a desterrar los riesgos de la vida, pero el accidente no debe producirse cuando pudo evitarse.

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