Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

jueves, 25 de agosto de 2016

Vacaciones

A los romanos les repateaba el tiempo que empleaban los griegos disfrutando de grandes reflexiones y largas parrafadas. No entendían el ocio de éstos y hasta se mostraban desconfiados por lo que ellos consideraban una costumbre perniciosa. Cincinato, por ejemplo, sólo deja la espada por el arado y Catón pone el grito en el cielo cada vez que cae en la cuenta de que para los griegos no existen los días laborales.

A los españoles de mi niñez, y ya no digamos nada a los de la generaciones anteriores, también les sonaba a chino la palabra ocio. No existían las vacaciones y a lo máximo que se aspiraba era a frecuentar una playa donde les exigían a las mujeres ponerse un albornoz que las dejaba como recién salidas de un baño turco. Lo cual era ya un logro impensable de cualquier punto costero.

Mi primer viaje de placer lo hice yo montado en un tren carreta con destino Cádiz-Córdoba. Andaba recién cumplidos los seis años y me lo pasé bomba dentro de un vagón donde reinaba un ambiente que jamás he podido describir en toda su amplitud. Lo primero que se nos aconsejaba es llegar a la estación con una hora de antelación para ser de los primeros en coger asiento. Y, aun así, había que ser muy rápido para no tener que viajar un gran trecho de pie y mirando por una de las ventanillas de un largo pasillo los campos yermos de una España desolada.

El tren, con bancos enfrentados de madera, era arrastrado por una máquina que se sulfuraba en cuanto el camino se empinaba. Cestos y hatos llenaban el estante de mallas de los equipajes y muchos se apilaban en el suelo; pues en los vagones viajaban muchas mujeres que eran estraperlistas; es decir, que se dedicaban al tráfico del mercado negro y miraban desde su atalaya la llegada de los guardias civiles.

Los vendedores callejeros, de todas las edades, desfilaban por el vagón ofreciendo a la venta plátanos, frutos secos, pastas, pipas de girasol, dulces, billetes de lotería, agua, etc. Y sus pregones se hacían notar. Agua fresca. Tortas tiene buenas. Oye, las avellanas. A mí me encantaban los mostachones de Utrera. En Utrera hacíamos una larga parada para transbordar. Y la tediosa espera la combatíamos comiendo las deliciosas tortas del lugar.

Durante el viaje paseaba por delante nuestra toda una corte de los milagros: una mujer ofreciendo peines que nadie compraba; un jorobado tocando un violín desafinado; un trilero tratando de sacar rédito al juego de las tres cartas y los innumerables vendedores de lotería. Llegábamos a Córdoba derrotados pero contentos. Dispuestos a disfrutar de los placeres de entonces en una ciudad donde por aquel tiempo la estación estaba llena de miserables y famélicos y las calles abarrotadas de pedigüeños y de jornaleros sin trabajo en la campiña.

Al cabo de varios días, acabada las cortas vacaciones, regresábamos satisfechos a nuestro lugar de origen y sin la menor muestra depresiva. Nuestra única preocupación, o sea, la de mis padres, era poder ahorrar cuatro perras para poder pagarnos, cuanto antes mejor, un nuevo viaje a la tierra en la cual vivía parte de nuestra familia.

Así que sigo sin entender las declaraciones que hacen muchas personas, en distintos medios, sobre la depresión que les causa la vuelta al trabajo después de haber viajado con las máximas comodidades. Recorren Londres, París,  Amsterdam...; se adentran por el exotismo de Tailandia, y quedan fascinados con Canadá. Y a la vuelta se lamentan a voz en cuello que padecen todos los males del mundo y que necesitan tratamiento sicológico. No hay derecho...


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