Blog de Manolo de la Torre


Entrenador de fútbol, ha ejercido la profesión 19 temporadas. Escritor en periódicos,
ha publicado una columna diaria, durante dos décadas, en tres periódicos ceutíes.

jueves, 11 de mayo de 2017

El Madrid sale ileso de un infierno rojiblanco

El Atlético de Madrid, cuando apenas habían transcurrido 20 minutos de partido, parecía que podía obrar el milagro en el cual decía creer su entrenador, El Cholo Simeone. Y era así, porque Saúl y Griezmann -de penalti- habían logrado ya dos goles. Y, en vista de lo que estaba ocurriendo en el césped, nadie se hubiera extrañado de que los rojiblanco hubiesen empatado la eliminatoria. Aunque bien es cierto que el Madrid estuvo jugando de modo que bien pudo despeñarse por la ladera del abismo de la eliminación. 

El Atlético salió jugar con el apasionamiento que le exige su afición. Y mucho más si el rival es el Madrid. Sus jugadores, nada más indicar Cüneyt Cakir el comienzo del encuentro, principiaron a presionar muy arriba de manera aguerrida, dejándose el alma en cada jugada y sobre todo empleándose con una dureza rayana en la ilegalidad permanente. Bien es cierto que se aprovecharon de que los jugadores merengues erraban en su manera de proceder con el balón.

Me explico: mientras los  hombres dirigidos por Simeone, enardecidos y llevados en volandas por el entusiasmo desplegado por sus fieles seguidores, disputaban todos los balones y ponían cerco al marco de Keylor Navas, por el camino más corto -balones largos y a disputarlos en el área blanca-, los jugadores dirigidos por Zidane intentaban aguantar el chaparrón con pasecitos cortos y  horizontales, regates y demás detalles sin eficacia alguna. 

El fútbol del Madrid, durante casi media hora de la primera parte, fue enjuto, raquítico, flaco; sin el más mínimo deseo de poner a prueba a ese extraordinario portero que es Oblak. Pues todo se basaba en tratar de mantener el balón para hacer lo que en el fútbol se conoce como una pachanga. Y, claro, los futbolistas atléticos ganaban  casi todos los balones que disputaban tanto por las buenas como por las malas. Repito: se emplearon con una dureza inusitada.

Hubo un momento en que el Madrid parecía noqueado. Y fue entonces cuando El Cholo Simeone le dio vida a los hombres de Zidane: en vez de insistirles a sus jugadores que buscasen el tercer tanto, les ordenó que se tomasen una tregua, defendiendo ya en campo propio, porque había tiempo suficiente para la remontada. Y esa decisión le dio vida a Isco y por encima de todos a Modric, quienes con las ayudas de Kroos y hasta de Casemiro, fueron subiendo de tono. Hasta el punto de que en el minuto 41 obtuvieron premio con el gol de Isco.

El gol de Isco llegó precedido de un saque de banda oportuno de Cristiano, que hasta ese momento apenas había hecho nada, y tras una gran jugada de Benzema, cuyo pase  atrás fue rematado por Kroos y el rechace de Oblak lo llevó el malagueño a la red. Corría el minuto 41 y los jugadores del Atlético se fueron a los vestuarios con la moral hecha trizas y convencidos de que estaban eliminados.

La segunda parte fue un querer y no poder de los jugadores locales. Mientras que en el Madrid Isco seguía aportando su forma vistosa de jugar y Modric aprovechaba la ocasión para alegrarnos la vida a los madridistas, por una razón elemental: volvió a jugar como en sus mejores momentos. Lo cual es de suma importancia para su equipo. También Kroos estuvo bien. Y, desde luego, conviene destacar la actuación de Keylor Navas cuando lo pusieron a prueba. Meritoria su actuación; máxime cuando no hay día en el cual la prensa no le cuente que De Gea será su sustituto.

En fin, de los cambios no creo que deba decir lo más mínimo porque no influyeron en el resultado. Ahora bien, como yo siempre digo que los entrenadores han de saber por qué se gana, por qué se pierde y por qué se empata, bien haría ZZ en analizar el juego de su equipo en el primer tiempo. Para darse cuenta de que se empleó de manera equivocada.  Menos mal que Simeone, como también ocurrió en el Bernabéu,  ayudó al Madrid con sus desaciertos. Y es que hasta el mejor escribano echa un borrón. Dos en este caso.









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